Algunas decisiones parecen nuestras hasta que intentamos imaginar que nadie llegará a conocerlas. Un trabajo deseado pierde parte de su atractivo si tememos que los demás no lo consideren importante. Una forma de vestir nos gusta, pero renunciamos a ella al anticipar el juicio de quienes nos conocen. Querríamos expresar una opinión, empezar algo nuevo o abandonar una relación que se ha quedado vacía; sin embargo, antes de preguntarnos qué sentimos, pensamos qué imagen ofreceremos. La dependencia de la mirada ajena no siempre es evidente. Podemos considerarnos autónomos mientras organizamos buena parte de nuestra vida alrededor de reacciones que aún no se han producido.

Anticipamos la decepción, la ironía, la desaprobación o la incomprensión y actuamos como si esas respuestas ya fueran reales. El otro ya no necesita detenernos: hemos aprendido a hacerlo en su lugar. Así, una mirada recibida termina convirtiéndose en una mirada interior. Decimos «esto no es para mí», «ya es demasiado tarde» o «no soy la clase de persona capaz de hacerlo»…

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