Quizá no recuerdes el momento preciso en que empezaste a elegir las palabras antes de hablar. Solo sabes que ahora valoras si contarle un encuentro, borras un mensaje que podría malinterpretarse, renuncias a ponerte algo que provocaría una discusión y vigilas la hora para no tener que explicar un retraso. No piensas necesariamente que tengas miedo. Te dices que quieres evitar tensiones, que él es celoso porque le importas, que tiene un carácter difícil y que, en el fondo, basta con saber cómo tratarlo.
Tu día continúa, pero una parte de ti permanece ocupada en prever su reacción. Antes de decidir qué deseas, calculas qué podría molestarle; antes de decir lo que piensas, imaginas…
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