Ocurre en las relaciones más cercanas, a menudo antes incluso de que logremos reconocerlo, deseamos algo de una persona, una respuesta, una elección, cercanía, quizá solamente la confirmación de que todavía ocupamos un lugar importante en su vida. Cuando aquello que esperamos no llega, no sentimos únicamente decepción, podemos percibir una herida más profunda, como si el rechazo del otro pusiera en duda nuestro valor, nuestra autoridad o el significado de lo que hemos compartido.
En ese momento, la persona que tenemos delante corre el riesgo de cambiar ante nuestros ojos, ya no es alguien con deseos, miedos y límites propios, se convierte en quien nos impide obtener lo que creemos…
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