No todas las palabras tienen el mismo peso. Algunas atraviesan una conversación y desaparecen; otras permanecen porque alcanzan el lugar exacto en el que necesitábamos ser encontrados. No tienen que ser solemnes. A veces basta con escuchar nuestro nombre pronunciado sin prisa, un «he pensado en ti», un «entiendo por qué te sientes así» o una frase capaz de devolvernos una imagen de nosotros mismos que habíamos perdido.
Las palabras de afecto no sustituyen a los actos, pero pueden hacer visible lo que los actos no siempre logran explicar. Decir «estoy aquí» no resuelve todo, aunque puede impedir que el otro atraviese solo aquello que todavía no sabe nombrar. El problema aparece…
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